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Full text of "Montero Bustamante 1913 La Virgen De Los Treinta Y Tres"

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Raúl Montero Bustamante 

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DE LOS 


TREINTA Y TRES 


(Monografía histórico tradicional) 


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La VIRGEN DE LOS TREINTA V TRES 







Raúl Montero Bustamante 

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11 9IHGEN DE [OS TREIHTfl V TOES 

( nonografía histórico tradicional) 



MONTEVIDEO 

TALLERES: VITA Hnos. * Cía. - RECONQUISTA. 288 

1914 




La Virgen de los Treinta y Tres 


(Monografía histórico tradicional) 


Ave Inmaculata Conceptio 


El culto de las imágenes 

Todos los pueblos veneran imágenes sa- 
gradas, á las cuales asocian los grandes hechos 
de su historia. Las hazañas legendarias de los 
héroes, las glorias ó las tribulaciones nacio- 
nales, las grandes palpitaciones de la sociedad, 
amenudo se vinculan á imágenes, que el culto 
popular consagra luego, como símbolo de los 
dos sentimientos madres que mueven al hom- 
bre: Dios y Patria. 

En todas las épocas, la humanidad ha nece- 
sitado la forma externa que encierre el símbolo 
tutelar, y presida el ara donde se depositan las 
ofrendas del corazón y del espíritu. Grecia, 


que no poseía la verdad, levantó, sin embargo, 
á las puertas del Acrópolis, la estatua colosal de 
Phalas Athenea, y cuando las legiones partían 
para la guerra, todos los ojos se volvían hacia 
la diosa nacional, á cuyos pies ardía el holo- 
causto propiciatorio. 

El cristianismo abatió los altares paganos 
y edificó las basílicas en donde se adora al Dios 
Unico y Verdadero, pero también entregó á los 
pueblos, con la representación material de la 
Divinidad y de los Santos, Angeles y Arcánge- 
les, el culto de las imágenes. La idolatría pa- 
gana cedió su puesto á la verdad, la cual, para 
excitar aún más el amor de los hombres, con- 
sintió en ser representada sobre los altares 
con los atributos temporales de la materia. (1 > 

Los hombres iluminados por la fe verda- 
dera, vieron en la representación material de 
Jesucristo, de su Divina Madre y de los Santos 

(1) El segundo Concilio general de Nicea celebrado el año 787, 
definió el concepto católico acerca de las imágenes en esta forma: 
«Decidimos qüe las sagradas imágenes, bien de color, taracea ó cual- 
quier otra materia conveniente, deben ser expuestas, ora en las igle- 
sias sobre los vasos, hábitos sagrados y paredes, ora en las casas y 
y en los caminos, porque cuanto con más frecuencia se ven las imá- 
genes de Jesucristo, de su Santísima Madre y de los Santos, se siente 
uno tanto más inclinado á acordarse de llamar a los originales. Debe- 
mos dar á estas imágenes la salutación y adoración de honor, pero 
no el culto de latría que solo conviene á la naturaleza divina. Se 
puede, sin embargo, aproximar á estas imágenes el incienso y las 
luces, como se hace con el Evangelio y demás cosas sagradas, todo 
según la piadosa costumbre de los antiguos porque el honor de la 
imagen se refiere al original que representa. Tal es la doctrina de los 
Santos Padres y la tradición de la Iglesia católica». Esta doctrina fué 
ampliamente ratificada por el canon del Concilio de Trente. 



— 7 — 


de la Iglesia, bajo cuya protección se erigieron 
en pueblos cristianos, la imagen tutelar de la 
paz doméstica. Las turbulencias de la historia, 
consagraron así los altares nacionales, ante 
los cuales se postraron los pueblos, en los dias 
de prueba, para pedir fortaleza y salud, y ante 
los cuales también fueron después del triunfo, 
á depositar sus ofrendas. 

Así se consagraron las imágenes seculares 
que la devoción popular erigió como patronas 
y protectoras de la nacionalidad, y así está el 
Uruguay consagrando como Patrona y Protec- 
tora á la Virgen María, á cuya imagen, vene- 
rada bajo la advocación de Virgen de los Trein- 
ta y Tres, ha asociado los grandes recuerdos 
nacionales. 


El culto de la Virgen en el Uruguay 

La elección de la Virgen María para pro- 
tectora de la República, responde á la devo- 
ción tradicional de que ha sido y es objeto en 
nuestro pueblo, desde los más remotos tiem- 
pos, sobre todo bajo la advocación de Nuestra 
Señora del Carmen, y muy especialmente de 
Nuestra Señora de Luján, Patrona y titular de 
los pueblos del Plata. 

El Reverendo Padre Salvaire, en su intere- 
sante obra «La lámpara votiva de los orienta- 
les», ha recopilado toda clase de datos históri- 



— 8 — 


eos y referencias tradicionales, respecto á la 
especial devoción que, desde los tiempos pri- 
mitivos, rindieron estos países á la Virgen Ma- 
ría. Sabemos así, cual fué la adhesión de Virre- 
yes, gobernadores y funcionarios á la Madre 
de Dios, devoción que desde 1677, fecha en que 
empezó á rendirse culto á la Virgen de Lujan, 
se concentró en el humilde santuario milagro- 
so. Gobernadores y virreyes, ponen desde en- 
tonces sus empresas bajo la protección de la 
taumaturga; á ella se le ofrendan trofeos de 
guerra y acciones heroicas. Reconquistada la 
Colonia del Sacramento por el español, los 
vencedores envían al santuario de Lujan, el 
altar con retablo de la iglesia mayor de la 
plaza tomada al portugués, como tributo de 
gratitud á la Virgen; Ceballos envía también 
años más tarde á los prisioneros tomados en 
el sitio de la Colonia, para que se postren ante 
la imagen milagrosa. 

En la Banda Oriental arde también el culto 
á la Virgen; don Bruno de Zabala la invoca al 
fundar la ciudad de Montevideo, y la nueva 
iglesia, la elige como Patrona y titular, bajo la 
advocación de la Inmaculada Concepción; la 
primera cofradía que fundan los piadosos ve- 
cinos de la pequeña ciudad, es la de Nuestra Se- 
ñora del Carmen, para dar satisfacción á la 
devota aspiración popular; la población rural 
obtiene la erección de la vice-parroquia del 
Pintado bajo la advocación de Nuestra Señora 



— 9 — 


de Luján, pudiendo asi los vecinos de la extensa 
región de la Virgen, rendir culto á la tauma- 
turga, en la capilla puesta bajo su amparo. 

Si la época colonial se caracterizó por su 
devoción á la Santísima Virgen, la patria man- 
tuvo fervorosamente esa tradición. Artigas fué 
devoto de la Virgen del Carmen, dice el histo- 
riador Don Isidoro De María ; y el propio Liber- 
tador, confirma lo aseverado por el cronista, en 
diversos pasajes de su vida. Desde Purificación, 
apenado por la pobreza del culto que se cele- 
braba en la humilde iglesia que él hizo edifi- 
car, y deseando rendir homenaje á la Madre de 
Dios, pide al Cabildo de Montevideo le envíe 
una imagen de la Virgen O) ante la cual había 
orado, sin duda, cuando niño; el 12 de Febrero 
de 1816, funda el pueblo de las Vacas < 1 2 ) y lo po- 
ne bajo la protección de Nuestra Señora del Car- 
men; desde su cuartel general, no deja de re- 
comendar a Cabildos, pueblos y funcionarios 
el cumplimiento de los deberes espirituales y 
en los días de recordación ó de gloria, los cam- 

(1) «Necesito para el fomento de esta iglesia una imagen, y teniendo 
conocimiento de hallarse en la sacristía de San Francisco un bulto de 
la Concepción perteneciente al fuerte de esa ciudad, puede V. S. remi- 
tírmela para colocarla. 

«Así mismo se me ha informado hallarse en ese fuerte una caja 
con los útiles precisos para una capilla. Sírvase V. S. hacer las dili- 
gencias precisas para remediar con ella la necesidad de esta Iglesia. 
Tengo el honor de saludar á V. S. con toda mi afección. — Cuartel Ge- 
neral, 12 de Octubre de 1815. — José Artigas. — Al muy ilustre Cabildo 
Gobernador de Montevideo. 

(2) Carmelo. 



— 10 - 


pamentos militares reverencian al Señor y á 
su Divina Madre, y ponen bajo su protección la 
suerte de la patria. 

Los tenientes y herederos de Artigas, reco- 
gen y perpetúan la tradición cristiana; Rivera, 
invoca en sus proclamas de guerra á la Santí- 
sima Virgen María; Lavalleja, la reverencia en 
su oratoria particular presidido por la imagen 
de Nuestra Señora del Carmen ; Oribe, ofrenda 
a la Virgen de los Treinta y Tres una corona de 
oro; y héroes y soldados proclaman la gloria 
de María Inmaculada. 

La República permanece fiel á este culto 
tradicional; gobiernos y pueblo veneran á la 
Madre de Dios, y ciudades y villas, edifican ca- 
pillas é iglesias en su honor ; los propios caudi- 
llos representativos del sentimiento colectivo 
de los pueblos, buscan la protección de María ; 
las figuras culminantes de nuestra historia ci- 
vil hacen lo propio; Don Joaquín Suarez, y 
con él todos los proceres de la Defensa, le rin- 
den culto público y solemne; Don Venancio 
Flores, se pone bajo el amparo de la Virgen de 
los Dolores, cuya efigie preside su oratorio do- 
méstico. (1 ) 


(1) Anl.es de partir para la guerra del Paraguay, el general Flo- 
res hizo celebrar una misa cantada en la capilla del Sacramento de la 
Matriz, adonde fué transportada la pequeña imagen de la Virgen i)o_ 
lorosa de su propiedad. El general, acompañado de toda su lamida y 
algunos amigos, asistió á esa misa, después de confesarse y recibir la 
Santa Comunión. — Hiífkukni'ia dií Monsknou Nicolás Ll'ouksk. 



— 11 - 


La piedad pública y privada exalta el culto 
de la Patrona de la República. La Iglesia na- 
cional erige nuevas parroquias y santuarios 
bajo la advocación de la Virgen, y estimula el 
culto popular de las imágenes veneradas por 
ciudades y villas. Los Prelados no cesan en su 
misión de honrar á la Madre de Dios en Pasto- 
rales y exhortaciones. Las peregrinaciones á 
los santuarios consagrados se suceden sin so- 
lución de continuidad ; los fieles van á Lujan, al 
Verdun, al templo de María Auxiliadora, al de 
Nuestra Señora de Guadalupe, al de la Virgen 
del Santander, á la Florida, por fin, donde la pe- 
queña efigie de la taumaturga de Lujan, se ha 
convertido ya en la Virgen de los Treinta y Tres, 
símbolo venerado de la patria. 


Las imágenes tradicionales 

El Uruguay posee varias imágenes vincu- 
ladas á la tradición nacional. Algunas de ellas, 
proceden de la época primitiva de la sociabili- 
dad del país, y el culto secular, les ha hecho ad- 
quirir esa página de poesía y leyenda, que en- 
vuelve á todas las cosas que han existido mu- 
cho antes que nosotros, y que nos sobrevirán 
aún, cuando hayamos hecho la última jornada. 

La imagen de la Inmaculada Concepción, 
que se veneró como Patrona y titular del templo, 
en el altar mayor de la hoy Basílica Metrópoli- 



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tana, vio doblar la rodilla á diez generaciones. 
Del humilde retablo de la Matriz vieja, desde 
donde presidió el culto de la aldea colonial, pa- 
só al altar del templo consagrado en 1804, y 
desde allí, ha visto á la modesta iglesia parro- 
quial del tiempo de los Virreyes, convertirse 
en Catedral, primero, y en Basílica Metropoli- 
tana después. La colonia y la patria insensaron 
en sus solemnidades á la antigua imagen; pre- 
sidió las festividades reales, y á sus piés se pos- 
traron también los proceres de 1815 y 1830, para 
orar por la libertad de la patria y para recibir 
las banderas consagradas, que constituyen el 
recuerdo de la primera epopeya y el símbolo 
de la República constituida. 

La imagen del Señor de la Paciencia, que 
hoy se venera en la cripta de San Francisco, per- 
maneció durante 80 años en el nicho que la pie- 
dad popular construyó en la antigua capilla de 
los Ejercicios. El pequeño santuario conserva- 
ba el carácter colonial y era un poético trasun- 
to de la ciudad primitiva. La población de Mon- 
tevideo había desfilado ante él durante casi un 
siglo, y lo consideraba como monumento fami- 
liar, evocador de épocas patriarcales y felices. 

El Cristo del Cardal, desalojado también 
por la expansión urbana del pequeño humilla- 
dero del Cordón, y expuesto hoy á la venera- 
ción pública en el atrio de la iglesia parroquial, 
encarna 130 años de tradición nacional. Vigía 
avanzado de la ciudad colonial, á la sombra 



— 13 — 


de sus brazos de piedra se libró la acción del 
Cristo, batalla preliminar del sitio puesto á 
Montevideo por el inglés en 1807. Cien años 
permaneció todavía, después del combate, en 
el paraje, el humilde Calvario, y durante el si- 
glo, asistió á los sitios de las dos independen- 
cias, y vió flamear sucesivamente sobre la Ciu- 
dadela lejana, el pendón de Castilla, el pabellón 
tricolor de Artigas, la enseña lusitana, y por 
fin, la bandera de la República. 

En templos, capillas y oratorios del país, 
se conservan otras imágenes, cuyo culto se 
asocia á recuerdos históricos ó tradicionales. 
La República está poblada de tales reliquias, 
que mueven la piedad local, y estimulan la de- 
voción á las imágenes. Guadalupe conserva su 
histórica Virgen titular, como ejecutoria del 
patriotismo y de la fe de sus hijos; la imagen 
negra del Real de San Carlos, encarna una pre- 
ciosa tradición popular; la Virgen del Verdún, 
de Minas, y la de Santander, de Maldonado, 
provocan manifestaciones de fe nacional, y en 
todas las localidades del país, hay alguna ima- 
gen, á la cual el sentimiento popular ha vincu- 
lado el recuerdo del pasado, ó en cuyo torno 
ha tejido alguna poética leyenda. 



La Virgen de los Treinta y Tres 


Pero entre todas estas imágenes vincula- 
das al desarrollo histórico de nuestra sociabi- 
lidad, la piedad nacional ha elegido, como sím- 
bolo de sus tradiciones patricias y domésticas, 
á una pequeña imagen de María Inmaculada, 
breve como una estatuilla de Tanagra, noble- 
mente tallada en madera indígena, que hace ya 
siglo y medio es objeto del culto popular, y la cual 
ha sido instintivamente bautizada por el pueblo 
con el nombre de Virgen de los Treinta y Tres. 

Nadie puede establecer la fecha exacta 
cuando así empezó á ser llamada, desde que la 
designación nació expontanéamente, cuando las 
dos grandes aspiraciones populares buscaron 
objeto al culto religioso ciudadano, y trataron 
de concretarse en una fórmula que encerrara 
las tradiciones de la nacionalidad. 

Fué entonces cuando el instinto popular se 
detuvo ante la humilde imagen de la Virgen 
del Pintado, que desde los tiempos primitivos se 
venera en el templo de la Florida, bajo la advo- 
cación de Nuestra Señora de Lujan, patrona y 
titular de la parroquia. 

¿Por qué el pueblo eligió esa humilde ima- 
gen, para encarnar en ella las grandes tradicio- 
nes de la fe y de la patria? La Virgen del Pin- 
tado, á la cual se llamó desde entonces Virgen 
de los Treinta y Tres, no era una taumaturga, ni 



— lo — 


su humilde santuario tenia el prestigio de los 
lugares milagrosos. La pequeña iqiagen no per- 
teneció tampoco á ninguna basílica, ni la vieron 
en sus peanas, las capillas y aristocráticos ora- 
torios de magnates y gobernadores; no asistió 
á funciones de corte, ni á sus piés se desarrolló 
la pompa fastuosa del señor colonial. 

Su origen humilde es, sin embargo, un sig- 
no de predestinación. La breve figurita había 
sido tallada en madera indígena, en el corazón 
de la selva americana; el misionero jesuíta la 
había llevado, acaso, de aduar en aduar, hasta 
que halló el lugar propicio á su misión de gra- 
cia. Vivió allí con los humildes y para los hu- 
mildes; desde el corazón de la futura repúbli- 
ca, vió formar los primeros núcleos cristia- 
nos, sobre las colinas ó á las orillas de los ríos; 
bajo su protección y amparo, los hombres civi- 
lizados arrojaron la simiente en la tierra vir- 
gen, y constituyeron los hogares campesinos; 
y, cuando sonó la hora, ella vió salir de esos 
hogares á los héroes, que, bajo su inspiración, 
construyeron la patria sobre el duro cimiento 
colonial. 

Eso es la Virgen de los Treinta y Tres, hoy 
patrona y objeto deí culto religioso de una de- 
mocracia republicana ; es el símbolo del hogar 
nacional, de la sociedad primitiva, de la patria 
en formación, de las grandes epopeyas liberta- 
doras, de la república soberana y constituida. 
Ella, como los dioses lares de la edad pagana, 



— 16 — 


presidió la vida doméstica oriental, y recibió 
las plegarias y las ofrendas de las generaciones 
que pasaron por el hogar patrieio. Ella asistió 
al nacimiento y desarrollo del pueblo uruguayo, 
y preside su marcha hacia el porvenir; ella es 
el símbolo del pasado heroico y la esperanza 
del futuro venturoso, es la sagrada ejecutoria 
de la fe de nuestros padres y nuestros héroes, y 
la constante promesa de las nuevas y definiti- 
vas conquistas que los días que vendrán reser- 
van á la República. 


Una pequeña obra de arle 

La Virgen de los Treinta y Tres, es una pe- 
queña imagen de treinta y seis centímetros de 
altura, esculpida en cedro paraguayo (1 ) dentro 
del gusto barroco. La histórica escultura re- 
produce el tipo clásico de las Vírgenes de Mu- 
rillo, y su dibujo, proporciones, actitud, vesti- 
duras y atributos, han sido tomados del cono- 
cido cuadro «La Asunción» del maestro sevi- 
llano. El modelado es suave, pero en su blandura 
existe el vigor declaro obscuro suficiente para 

(1) Los señores Monestier hermanos, quienes restauraron la ima- 
gen en el año 1909 y consiguieron desprender, por medio de procedi- 
mientos técnicos, las diversas capas de pintura que la cubrían, dejan- 
do al desnudo la madera de talla, comprobaron que era ésta cedro de 
Misiones. En tal ocasión pudimos examinar la escultura y recordamos 
que la madera conservaba el color y el perfume característicos de su 
especie. 



— 17 — 


fundir los diversos planos en una noble armo- 
nía formal que produce la sensación del movi- 
miento y de la proporción perfecta. 

La obra escultórica pertenece, sin duda, á 
la primera mitad del siglo XVIII, y á haber si- 
do tallada en España, podría ser atribuida á Sal- 
cilio y Alcaraz, el delicado y elegante maestro 
de la decadencia española. La estatuilla conser- 
va todo el carácter de la época y del estilo en 
que fué concebida: la amplitud de las ropas, la 
prodigalidad y el movimiento de los pliegues, 
la suntuosidad del manto, y cierto sabor de pre- 
ciosismo que se advierte en el rostro, admirable- 
mente terminado, y en las breves cabecitas ala- 
das que decoran el basamento. 

Este mismo, formado por un globo tachona- 
do de estrellas y envuelto en nubes, de cuyo se- 
no emergen los tres angelillos de gusto churri- 
gueresco y la luna naciente, parece un trozo de 
esas decoraciones amplias y enfáticas que pro- 
digó Bernini. Un dato que contribuye á fijar 
con precisión la época en que fué tallada la 
imagen, lo constituye el hecho de que las órbi- 
tas de los ojos de la misma, son huecas y se ha- 
llan preparadas para recibir los ojos de cristal 
que empezaron á utilizar los imagineros á prin- 
cipios del siglo XVIII. 

El carácter artístico de la obra pertenece á 
la época en que florecieron los artistas anóni- 



— 18 — 


mos de las Misiones jesuítas, ó) admirables 
maestros, que como los monges desconocidos 
que levantaron las catedrales góticas de la edad 
media, han pasado sin legarnos sus nombres. 

En ese enorme museo de piedra, que en la 
latitud tropical de las antiguas Misiones, desa- 
parece silenciosamente, devorado por los arras- 
tres de las aguas y la lujuriosa vejetación de las 
tierras calientes, quedan todavía, pórticos his- 
toriados, columnatas derruidas, esculpidos ca- 
piteles, cornisas y ménsolas labradas, frisos 
donde el cincel creó visiones angélicas, figuras 
de apóstoles y de santos que duermen en sus 
nichos, ruinas que acreditan el vigor de la es- 
cuela artística que floreció en los bosques leja- 
nos, como reflejo de la decadencia barroca, que 
ya entonces se confundía en la metrópoli, con 
los primeros ensayos de neo clasicismo de la 
Restauración. 

Tres tipos produjo la imaginería jesuítica 
de las Misiones: el netamente indígena, escul- 
tura bárbara y primitiva que revela el torpe 


(1) Además de la madera y del carácter escultórico de la obra, 
autoriza á hacer la afirmación de que ésta procede de las Misiones, la 
primitiva decoración en color que lia sido respetada en la última res- 
tauración realizada por los señores Monestier. Estos artistas compro- 
baron al obtener el desprendimiento de las sucesivas capas de color 
que cubrían á la imagen, que la escultura fue decorada en un princi- 
pio, con los colores azul, rojo y oro, los cuales, como es sabido, carac- 
terizan el estilo decorativo jesuítico aplicado por los artistas misione- 
ros. Puede verse al respecto lo que dice el señor Leopoldo Lugones, 
escritor que visitó y estudió las ruinas de las Misiones, en su obra 
«El imperio jesuítico », pág. 259. 



— 10 — 


candor de la mano inexperta que empezaba á 
trabajar la madera; el tipo de «escultura correc- 
ta pero trivial, enteramente ajustada á la cono- 
grafía corriente», y el tipo de escultura su- 
perior, punto terminal de una evolución artís- 
tica completa, el cual solamente produjo algu- 
nos ejemplares de excepción, entre ellos la Vir- 
gen de los Treinta y Tres. 1 (2) 

Del silencioso é ignorado taller de las Mi- 
siones, salieron muchas de las imágenes y de 
los lienzos que poblaron las iglesias y capillas 
coloniales. 

Los saqueos de las guerras guaraníticas, y 
el pillaje que sucedió á la expulsión de los Pa- 
dres de la Compañía de Jesús, aventaron los 
últimos restos de la sociedad jesuítica y dis- 

(1) Leopoldo Lugones.— «El imperio jesuítico», pág. 255. 

(2) Ocupándome de las imágenes sagradas introducidas en Monte- 
video por los imagineros españoles en el siglo XVIII, he escrito en mi 
estudio, «Primeros elementos de arte en el Uruguay»: «Conjuntamente 
con esta mercancía bastarda, llegaron á Montevideo y á algunas pa- 
rroquias de campaña, diversas imágenes trabajadas en madera en las 
Misiones jesuíticas. Estas imágenes, tienen un sello muy caracterís- 
tico. Son ejemplares más nobles y revelan, además de la habilidad 
del cincel del escultor, cierta elevada idealidad que no se encuen- 
tra por cierto en la imaginería de pacotilla importada de la penín- 
sula en la época virreynal. Si algunas de estas imágenes se recien- 
ten de la mano indígena que las trabajó y dejó en ellas su huella bár- 
bara, donde se advierten vagas reminiscencias de la escultura incá- 
sica, otras, como el admirable ejemplar que se venera en la parroquia 
de la Florida, con la designación popular de «Virgen de los 33», ofre- 
ce el alto interés artístico de una pieza de . museo. Estas imágenes 
pertenecen al conjunto de obras ejecutadas por los artistas misioneros 
bajo la influencia del gusto barroco, cuando éste aún no había descen- 
dido á su lamentable decadencia y conservaba la elegancia un poco 
suntuosa de la época plateresca». Vida Moderna, tomo II, pág. 227. 



— 20 - 


persaron las reliquias sagrada_s por todas las 
tierras del futuro Yirreynato. Cuadros é imá- 
genes, esculturas y objetos de culto, muebles y 
utensilios y hasta pesadas campanas de bronce, 
fueron llevados, á través del desierto, hasta las 
ciudades y aldeas, donde los abandonó la cara- 
vana ó la horda que los salvó á los peligros de la 
soledad y de la selva. 

¿Fué entonces cuando esta pequeña imagen 
de María Inmaculada llegó á la Banda Orien- 
tal? ¿La habían conducido con anterioridad los 
Padres Jesuítas que evangelizaban en estos te- 
rritorios? ¿Vino posteriormente con las hues- 
tes de Artigas, ó la trajo de las Misiones, Rive- 
ra, el procer que hubo de invocarla más tarde? 

Veamos lo que dicen al respecto, la tradi- 
ción y la historia. 


Lo que dice 2a tradición 

Hay una hermosa tradición que afirma que 
en los tiempos primitivos de la agrupación del 
Pintado, el laboreo de los campos, y la ruda 
faena de aserrar maderas á que se entregaron 
los pobladores, eran presididos por la pequeña 
imagen de la Virgen, la cual había sido colo- 
cada dentro de un tosco nicho de madera en- 
clavado en un palo á pique, á la intemperie. 
La sagrada imagen dominaba así la humilde 
ranchería, la pradera y el bosque, donde los 



— “21 — 


primitivos pobladores se dispersaban al salir 
el sol, después de la oración en común, para 
abatir los árboles corpulentos ó abrir el seno 
de la tierra virgen. Desde el surco ó desde 
el linde del bosque, bajo el bravo sol de verano 
ó azotados por los vientos del sud en invierno, 
los primitivos colonos veían erguirse en lo alto 
de la loma, sobre las humildes viviendas, la pe- 
queña imagen, cobijada en su nicho de made- 
ra. Era aquel el símbolo doméstico de la nueva 
población. A la hora del descanso, cuando el 
arado quedaba inmóvil sobre el rastrojo y las 
largas sierras se detenían sobre los altos caba- 
lletes, hombres y mujeres, regresaban lenta- 
mente hacia la cima de la loma, donde la ima- 
gen tutelar, congregaba á los colonos á la hora 
del reposo. 

El cuadro tiene la poesía y el prestigio de 
un crepúsculo de Ruysdael. El sol cae detras del 
horizonte, y en el naciente se amontona la bru- 
ma, teñida ya de sombra sobre la linea del mon- 
te lejano. Los colonos ascienden la loma desde 
los cuatro puntos. Caminan lentamente, y el 
viento leve de la tarde, mezcla dulces motivos 
de tierra canaria con canturreos melancóilcos 
de cepa gallega, aires gitanos del medio día con 
viriles coplas de la montaña vasca. La primiti- 
va caravana se reúne al pié del tosco humilla- 
dero; una mano piadosa enciende el farol que 
empieza á arder con las primeras estrellas, y 
sobre las cabezas descubiertas, cae el son que- 



— 22 — 


j umbroso de 1¿\ pequeña campana, que anuncia 
la hora misteriosa. La oración en común, como 
en los días patriarcales, sube hasta la Madre de 
Dios, que desde su pequeña hornacina, mira las 
estrellas recién encendidas en el cíelo. Los hu- 
mildes vecinos se dispersan luego, para buscar 
en el rancho de terrón, en la carpa primitiva, 
en la cabaña ó en la barraca que se agrupan en 
torno del humilladero, el alimento y el reposo 
que han de reponer las fuerzas perdidas en la 
brava jornada colonial. La pequeña imagen, 
alumbrada por el medroso farol, vela enton- 
ces el sueño de la aldea recien nacida, donde 
la piedad, el amor y el trabajo, fecundizan el 
germen de la futura sociedad rural, cuyo sím- 
bolo se encierra en el tosco nicho que mor- 
dieron los soles, castigaron las lluvias, azota- 
ron los vientos, y zahumaron con sus sencillas 
plegarias los primeros pobladores blancos del 
desierto. 


Lo que dice la historia 

A mediados dei siglo XVIII, los Padres de 
la Compañía de Jesús, poseían los vastos cam- 
pos llamados entonces de la Calera, bañados 
por los ríos Santa Lucía Grande y Santa Lucia 
Chico. Ocho leguas sobre el naciente media la 
hermosa posesión que penetraba 19 leguas en 
el corazón del territorio. (1 ) Era aquella la ma- 


( 1 ) Inventario hecho por orden del gobernador de Montevideo en 1707. 



yor estancia cedida por el Monarca español al 
norte del Plata á los Padres Jesuítas, quienes 
la bautizaron con el nombre de Nuestra Señora 
de los Desamparados, bajo cuya protección, pu- 
sieron aquellos salvajes y desiertos lugares. 
Aquellos campos eran ricos en maderas y pas- 
turas; en las márgenes de ambos Santa Lucía, 
se extendían los bosques maderables, y en las 
suaves ondulaciones que desde las cuchillas 
descienden hasta las cuencas de los ríos y se 
extienden más allá, hasta las márgenes del 
Santa Lucia Grande, crecía el pasto salvaje y 
lujurioso. 

Los Padres Jesuítas poblaron la estancia 
de la Virgen de los Desamparados con vivien- 
das y ganados; construyeron una capilla en la 
que colocaron la imagen tutelar de la posesión; 
edificaron habitaciones y barracas para los es- 
clavos y peones, y á la vez que se dieron á 
evangelizar á los indígenas de la comarca, co- 
menzaron á labrar el suelo, faenar madera en 
los bosques, y enriquecer los rodeos. Fué aquel 
sin duda el primer establecimiento industrial 
de la época del coloniaje ; de su importancia, da 
fe el inventario, hecho el 7 de Julio de 1767, por 
don Agustín de Figueroa, Teniente del Regi- 
miento de Infantería de Mallorca, por orden 
del Gobernador de Montevideo, don Agustín de 
la Rosa Queipo de Llano y Cien Fuegos, en 
cumplimiento de la real voluntad del monarca 
don Carlos III, quien mandó expulsar á los Re- 



— 24 — 


verendos Padres déla Compañía deJesús,delos 
dominios de España. En ese curioso inventario 
que puede leerse íntegramente en el tomo cuar- 
to de la Revista del Archivo General Adminis- 
trativo de Montevideo, (1 > se calcula en 50 á 60 
mil, el número de cabezas de ganado vacuno 
existente en la estancia de Nuestra Señora de 
los Desamparados, más 53 bueyes carreteros, 
1000 ovejas y más de 100 equinos, etc. 

En cuanto á las construcciones, fueron tam- 
bién numerosas, y se distribuyeron en diversos 
puntos de la extensa región, creándose así, va- 
rios-puestos.,- algunos de los cuales, más tarde, 
sirvieron de base á las primitivas agrupacio- 
nes urbanas. 

La presencia de los Padres de la Compañía 
en la estancia de Nuestra Señora de los Desam- 
parados, ejerció singular influencia sobre toda 
aquella extensa comarca. Los Padres no se 
limitaron á la obra de explotar sus tierras, 
sino que emprendieron una perseverante labor 
evangélica, no solo en sus posesiones, sino en 
toda la zona del territorio sometido á la in- 
fluencia de la enorme estancia. Obra sin duda 
de esta acción evangelizadora de los Padres de 
la Compañía, fué la devoción que los habitan- 
tes de aquellas comarcas tuvieron por la Vir- 
gen María, patrona del lugar, devoción, que si 
ha de aceptarse el testimonio tradicional, se 


(1) Página 153. 



— 25 — 


manifestó, por lo que se refiere á la región y 
partido del Pintado, en la erección en la cum- 
bre de la cuchilla de ese nombre, de un peque- 
ño humilladero ó santuario donde se colocó la 
imagen de Nuestra Señora, en recuerdo, acaso, 
de alguna misión extraordinaria dada por los 
abnegados religiosos. Fué do ese primitivo mo- 
numento que tomó nombre el arroyo de la Vir- 
gen, cuyas fuentes brotan en la falda de la cu- 
chilla del Pintado, como tomó nombre el arro- 
yo Conventos, afluente del Pintado, de las cons- 
trucciones de piedra que lev^uijaron los Padres 
en sus incursiones por el lugat* 


El Pintado 

Expulsados del territorio los Padres de la 
Compañía, en 1767, el humilladero por ellos le- 
vantado en la cuchilla del Pintado, quedó allí 
como testimonio y recuerdo de la acción civili- 
zadora de los Jesuítas. Las lluvias y las tem- 
pestades arruinaron acaso el monumento, pejro 
la piedad y la industria de los vecinos, velaron 
por la conservación de la sagrada imagen. 

La ausencia de los Padres no entibió el fer- 
vor campesino que ellos habían despertado y 
mantenido con su predicación y ejemplo. Y fué 
precisamente uno de sus discípulos, un humil- 
de indio reducido, quien se encargó de demos- 
trar que la semilla pródigamente sembrada por 



— 26 — 


los hijos de San Ignacio había dado allí sus fru- 
tos. Afirma el señor L. Serapio de Sierra en una 
noticia histórica, publicada en el periódico «El 
Progreso», de Florida, de fecha 12 de Mayo de 
1895, que «ante el Juez de lo Civil de l. er turno 
hay una declaración de don Bernardo Suarez, 
áfoj as 11 que dice: «Que en 1779 donó el indio 
Antonio Diaz seis cuadras de terreno al Reve- 
rendo Padre Don Vicente Chaparro, para cons- 
truir en la cumbre de la cuchilla del Pintado 
un templo á la reina de los ángeles bajo la ad- 
vocación de Nuestra Señora de Lujan, hecho 
que se llevó á cabo de orden expresa del Obis- 
po de Buenos Aires Monseñor Melgar». 

Es singularmente importante este testimo- 
nio, por cuanto Don Bernardo Suarez, es el mis- 
mo, que en su carácter de Síndico Procurador 
del Cabildo de Montevideo, fué comisionado en 
1809 para la fundación de la nueva villa de San 
Fernando de la Florida y traslado á la misma 
de los antiguos vecinos del Pintado. 

En el lugar del antiguo humilladero, se iba 
á elevar, pues, un templo á la Virgen María. El 
paraje era pintoresco, y desde él, se dominaba 
una extensa zona de territorio. La cuchilla del 
Pintado, nombre geográfico que deriva de un 
cacique indígena así llamado, que dominó en 
aquellos parajes, forma parte del sistema oro- 
gráfico de la cuchilla grande inferior, de cuyo 
macizo se desprende para dirigirse hacia el sud 
y dar origen á las vertientes de los arroyos de 



— 27 — 


la Virgen y Pintado. Ambos arroyos corren en 
línea paralela á la cuchilla, el uno al este, el otro 
al oeste. Aquellas tierras están regadas por los 
afluentes de ambos arroyos, que brotan de las 
pedregosas estribaciones y serpentean por la 
pradera, formando lineas de bosque. 

Alrededor del humilde monumento, se agru- 
paron, pues, los pobladores del futuro pueblo. 
Ranchos de piedra y follaje se levantaron sobre 
la cuchilla, en torno del santuario ; los habitan- 
tes del desierto, subieron desdela pradera, atraí- 
dos por el incipiente núcleo urbano, y en breves 
años, la vida social de la humilde aldea, requi- 
rió ya la asistencia del sacerdote y del funcio- 
nario del Rey. 

En el año 1779, los pobladores del lugar, 
iniciaron con licencia competente, la construc- 
ción de una capilla, y colocaron ésta en condicio- 
nes de servir al culto divino. No hay ruina ni 
dato histórico que autorice la recontrucción de 
la primitiva capilla, pero siendo muchas las 
construcciones de ese género de aquella época 
que aún se conservan, puede suponerse con fun- 
damento, que fué aquella un gran rancho de pa- 
redes de piedra y techo de dos aguas de paja ó 
follaje. La naturaleza pedregosa del suelo, y la 
abundancia de canteras en el lugar, son circuns- 
tancias que hacen desechar la idea de que la 
construcción fuera de adobe. 

Gestionaron enseguida los vecinos, ante el 
Ordinario de Buenos Aires, la erección de la 



— 28 


capilla en vice parroquia de la de Guadalupe, 
gestión que se vió coronada por el éxito. El 
prelado decretó en 1790, bajo la advocación 
de Nuestra Señora de Lujan, la erección de 
la vice parroquia del Pintado, como filial de 
la de Guadalupe, «siendo del cargo de los ve- 
cinos proveerla de los utensilios necesarios 
al culto y administración de los Sacramentos, 
y de la obligación del Párroco proveerla de 
autorizado sacerdote que cuide de su sustento 
espiritual». Al finalizar ese año, la vice parro- 
quia fué inaugurada por su primer capellán se- 
cular, donjuán Manuel Morilla, teniente cura 
dé la parroquia de Guadalupe, quien por pri- 
mera vez, después de la partida de los Padres 
de la Compañía, celebró el Santo Sacrificio de 
la Misa sobre el humilde altar en cuyo nicho 
se hallaba ya la imagen predestinada, venerada 
desde entonces, bajo la advocación de Nuestra 
Señora de Luján, patrona y titular de la vice 
parroquia. 

Aquella imagen era la misma que los Pa- 
dres Jesuítas colocaron en el primitivo humi- 
lladero. Allí había quedado después de la ex- 
pulsión de 1767, y allí la veneraron los veci- 
nos del lugar hasta que se erigió la primitiva 
Capilla. De allí fué transportada, años más tar- 
de, á la nueva población de San Fernando de la 
Florida, en cuyo templo hoy se venera, como 
ejecutoria de la fe de nuestros mayores. El in- 
signe Prelada, Monseñor Soler consagró oficial- 



29 


mente esta tradición de la Iglesia, cuando orde- 
nó que al pié de la histórica Virgen, fuera colo- 
cada una lápida de mármol, que hoy puede verse 
en el templo de la Florida, y cuya inscripción 
comienza con estas palabras : 

Esta Imagen de ¡Vuestra Señora de Lujári 
fué venerada en la primitiva 
Capilla del Pintado . . . 

Los primitivos pobladores obtuvieron tam- 
bién, del Gobernador de Montevideo, la desig- 
nación de un Delegado, funcionario policial y 
de justicia, capaz para resolver las pequeñas di- 
ferencias entre los vecinos, y encargado de man- 
tener el orden con la asistencia de sus propios 
subordinados. 

Así se constituyó el partido del Pintado, con 
los atributos de pueblo, bajo la protección déla 
Virgen María de Luján, venerada en la pequeña 
efigie de talla dejada por los Padres Jesuítas en 
el primitivo humilladero. 

Los primeros años de la aldea fueron prós- 
peros, pero, acaso prolongadas sequías que ma- 
lograron las cosechas, tal vez, las incursiones de 
los indios infieles, que arrebataron ganados y 
enseres, pusieron en peligro la estabilidad de 
la población ; el hecho es que al concluir el si- 
glo XVIII, los vecinos se desbandaban, huyen- 
do de la miseria que parecía haber tomado po- 
sesión de la pedregosa cuchilla. El propio culto 



— 30 — 

religioso sufría lamentables interrupciones y 
se dio el caso de que la vice parroquia estu vi-e- 
ra sin sacerdote durante largos meses, como lo 
decían los vecinos en su exposición ante el 
Illmo. Sr. Obispo de Buenos Aires, fechada en 
el lugar, á 6 de Noviembre de 1804, en la que so- 
licitaban la erección del partido en parroquia, 
y en la cual agregaban, que por tal causa, «ha 
resultado repetidas veces el doloroso caso de 
fallecer muchos sin recibir los Santos Sacra- 
mentos». (1 ) 

La Villa de Lujan ó Pintado, como indis- 
tintivamente se le llamaba, parecía, pues, pró- 
xima á desaparecer, no obstante la milagrosa 
advocación bajo la cual había sido erigida. Sea 
pues, por la devoción que en el partido había 
despertado la V irgen de Lu j án que se veneraba en 
la Capilla, sea porque la autoridad eclesiástica 
no deseaba que desapareciese la vice parroquia 
que había sido erigida bajo la protección de la 
taumaturga, sea por fin, que la providencia lo 
tenía dispuesto así, ello es que la misera aldea, 
hacia 1804, -no obstante la situación precaria del 
partido, fué elevada á la categoría de sede pa- 
rroquial, por el diocesano Monseñor de Lué y 
Riega, Obispo de Buenos Aires, en la visita pas- 
toral que ese año hizo el Prelado á su dilatada 
diócesis. 


(1) Archivo de la Curia Eclesiástica de Buenos Aires. 



— M — 


La parroquia de Luján del Pintado 

En 1804, servia la vice parroquia de Luján 
en el Pintado, como teniente cura de la sede 
parroquial de Guadalupe, el Presbítero don 
León Porcel de Peralta, joven sacerdote, natu- 
ral de estos países, y egresado del Real Colegio 
de San Carlos de Buenos Aires. 

Porcel de Peralta fué figura procer del pa- 
triciado y del sacerdocio nacional. Con Gómez, 
Figueredo, Peña, Larrañaga, Gadea, Muñoz, 
Lamas, Monterroso, Barreiro, etc. formaron 
el núcleo de ungidos del Señor, que en 1811 fué 
alma y nervio de la Revolución Oriental. 

Teniente Cura de Guadalupe, Vicario del 
Pintado, Párroco más tarde de Canelones, don- 
de lo sorprendió la primera sangre de 1811, 
amigo y partidario de Artigas, miembro del 
Congreso de la Capilla de Maciel de 1813, pasó 
después á Buenos Aires, donde durante más de 
30 años sirvió el curato de Morón. Tal fué el 
capellán que la Patrona del lugar, eligió para 
que durante su gobierno fuera erigida en Pa- 
rroquia la humilde Capilla. 

En Noviembre de 1804, llegó al paraje el 
Illmo. Señor Obispo de Buenos Aires, don Be- 
nito Lué y Riega. El prelado hacia entonces su 
visita pastoral por sus extensos dominios^spi- 
rituales; venía de consagrar solemnemente la 
Iglesia Matriz de Montevideo ( 22 de Octubre de 



— 32 — 


1804) y acababa de visitar la parroquia de Gua- 
dalupe. 

Pintoresco debió ser el arribo'de Monseñor 
Lué á la aldea del Pintado. Dando tumbos en 
su calesa, camino arriba por la pedregosa cu- 
chilla, llegaría S. S. molido y alicaído al humil- 
de, villorrio, cuyo vecindario, vestido de fiesta, 
con su pastor á la cabeza, recibiría á su Prela- 
do al son de gaita y guitarra, en tanto la pe- 
queña campana de la capilla, echada á volar 
como en día de Pascuas, saludaba y daba la 
bienvenida al ilustre huésped. 

¿Qué vió el Señor Obispo en su visita al 
Pintado; que le sugirió la pequeña imagen ante 
la cual celebró el Sagrado Sacrificio ; que pre- 
sintió en el humilde oratorio donde oró por la 
felicidad de sus pueblos y administró los Sa- 
cramentos de gracia á los feligreses? La pobre- 
za del lugar, no era estímulo para moverle á 
grandes empresas, y sin embargo, el Señor Obis- 
po, antes de partir, recibió de manos del vecin- 
dario, el petitorio para que la iglesia fuera eri- 
gida en parroquia, la consagró como tal, siem- 
pre bajo la advocación de su celestial Patrona, 
y se dispuso á dictar el decreto de erección una 
vez vuelto á la sede de su extensa diócesis. 

No anduvieron remisos los vecinos del Pin- 
tado en este caso ; presentado el memorial al 
Señor Obispo, apoderaron en seguida á su cura 
de almas; Don León Porcel de Peralta, cuyo 
«celo ejemplar en la predicación, confesionario 



— 33 — 


y asistencia pronta en todas distancias y horas 
á los feligreses enfermos», alababan, á fin de 
que el digno sacerdote, á quien pedían también 
como cura interino, realizara las gestiones del 
caso ante la Curia de Buenos Aires. Don León 
sustituyó el poder en su hermano Don Vicente 
Porcel de Peralta, vecino de Buenos Aires, quien 
inició, con fecha 7 de Enero de 1805, ante el dio- 
cesano, el expediente del caso. Cuatro días des- 
pués, el 11 de Enero de 1805, el Ilustre Prelado, 
en cumplimiento de lo ofrecido en su visita 
pastoral, dictó un extenso auto, anunciando la 
conveniencia de la erección de nuevas parro- 
quias en la Banda Oriental, y señalando el Par- 
tido del Pintado como jurisdicción del 6.° cu- 
rato. El 8 de Febrero de 1805, el Diocesano dictó 
el definitivo auto de erección, y fijó la jurisdic- 
ción de la nueva parroquia de Nuestra Señora 
de Luján, bajo cuya advocación la puso, en la 
siguiente forma: «En el partido nombrado «El 
Pintado», erigimos un nuevo curato con la ad- 
vocación de Nuestra Señora de Luján del Pin- 
tado y tendrá por términos y linderos al arroyo 
Grande de Santa Lucía, Pulpería Quemada y 
el Río Yi: el igual curato así desmembrado y 
demarcado su territorio dentro de dichos lími- 
tes lo declaramos perteneciente á la capilla de 
aquel Partido la que queremos y mandamos sea 
tenida y por ahora sirva de Iglesia Parroquial, 
pues por el tenor de las presentes, la erigimos 



formalmente en parroquia». O) Tal fué la for- 
ma en que la primitiva capilla levantada en 
honor de la Virgen, que desde su nicho pre- 
sidía el culto y recibía la veneración de los fie- 
les, fué convertida en Iglesia parroquial para 
gloria de su Patrona y provecho de su feli- 
gresía. 


El Padre Figueredo 

Erijida la nueva parroquia conjuntamente 
con otras, el Diocesano las proveyó de curas in- 
terinos, (2 >en tanto se procedía á adjudicar por 
oposición los nuevos curatos. Don León Porcel 
de Peralta, recibió, pues, con la cédula de erec- 
ción de la parroquia de Nuestra Señora de Lu- 
ján del Pintado, su nombramiento de cura inte- 
rino de la misma. 

Entre tanto, en Buenos Aires, los oposito- 
res se disputaban los beneficios creados. El doc- 
tor don Santiago Figueredo, joven sacerdote 
recientemente ordenado, presentó oposición al 
curato del Pintado, y producidas las pruebas 
en forma brillante, fué instituido canónica- 
mente por el Prelado, cura Vicario en propie- 
dad de la nueva Parroquia. 

Singular figura fué la del ilustre párroco 

(1) Archivo de la Curia Eclesiástica de Rueños Aires. — Cédula de 
erección de varios Curatos en la Banda Oriental expedida por el Iltmo. 
Sr. I). Benito Lué y Rieg-a, Obispo de Buenos Aires en el año de lSOñ. 

(2) Decreto de Su Señoría de 13 de Febrero de 1805- 



del Pintado, cuya influencia sobre los sucesos 
que después de 1810 tuvieron por teatro los paí- 
ses del Rio de la Plata, sujiere la idea de que en 
la elección del procer, para capellán de la futu- 
ra patrona de la República, hubiera habido al- 
go de predestinación. 

Si Porcel de Peralta honró á la que fué su 
patrona con el lustre de su actuación sacerdo- 
tal y patricia, el doctor Figueredo, igualó con 
sus hechos y su influencia, en todos los órdenes 
de la actividad de su época, á las más insignes 
figuras del clero de la Revolución. 

Don Santiago Figueredo nació en Guada- 
lupe (Canelones) alrededor de 1780, de padres 
que dieron á la patria, soldados, cuyos nombres 
se leen en los cuadros de la oficialidad artiguista. 
Su apellido, ilustrado en las guerras de la prime- 
ra independencia, se conserva aún en Florida, 
Canelones y Maldonado. Muy joven abrazó la 
carrera eclesiástica y pasó á Buenos Aires, don- 
de cursó teología en el Real Colegio de San 
Carlos de 1799 á 1800. En la Universidad de Cór- 
doba recibió luego las sagradas órdenes, y más 
tarde, en 1805, se graduó de doctor en derecho 
Civil. Como ya hemos dicho, obtuvo más tar- 
de, por oposición, el curato de Nuestra Señora 
de Luján del Pintado, con facultades de vicario 
y juez eclesiástico. 

El 1808, el doctor Figueredo tomó posesión 
de su destino. La aridez del lugar y el abando- 
no que los vecinos hacían de la población, de- 



— 30 — 


terminaron al nuevo párroco á solicitar el tras- 
lado inmediato del pueblo á lugar más propicio. 
Su gestión, de la que hemos de ocuparnos ense- 
guida, dio por resultado el traslado de la po- 
blación, al paraje donde actualmente se levanta 
la ciudad de la Florida, y á la fundación de la 
misma, como cabeza de parroquia. El prestigio 
y la influencia que pronto adquirió con su vir- 
tud y bondad, los puso al servicio de la causa 
de la independencia, de la que era secreto agen- 
te, desde los días iniciales de la Revolución. 
Amigo de Artigas y partidario ardiente de la 
emancipación, fué de los primeros iniciados en 
el levantamiento de 1811. Recolectó fondos y ar- 
mas entre los criollos, y en compañía de sus 
hermanos y primos, convulsionó la zona de Flo- 
rida, al invadir Artigas el territorio. 

En los primeros días de Mayo, al frente de 
un numeroso grupo de vecinos armados, se in- 
corporó al libertador, días antes de la batidla 
de las Piedras. Asistió á este glorioso hecho de 
armas, como capellán del ejército patriota, y 
Artigas lo citó con elogio en el parte dirijido á 
la Junta de Buenos Aires. Siguió con el ejército 
artiguista, y estuvo en el sitio de Montevideo 
proveyendo á las necesidades espirituales de 
los sitiadores. En 1812, recibió el cargo de ca- 
pellán castrense, que le fué conferido por el 
gobierno de Buenos Aires; pasó luego á la ca- 
pital, y fué elegido diputado á la asamblea ge- 
neral constituyente de 1818. Nombrado miem- 



— 37 — 


bro del senado eclesiástico, en 1828 filé promo- 
vido á la cuarta dignidad. En 1830, fué desig- 
nado rector de la universidad de Buenos Aires, 
y director de la imprenta del estado. Ese mismo 
año, se incorporó á la legislatura de la provin- 
cia, donde permaneció hasta 1831. El 22 de Fe- 
brero de 1832, el antiguo párroco del Pintado, 
entregó su alma al Señor, en la ciudad de Bue- 
nos Aires, con la serenidad del justo. 


La fundación de la Florida 

El cuadro que se presentó al doctor Figue- 
redo cuando llegó á su parroquia, fué de deso- 
lación y ruina. La aldea parecía próxima á 
desaparecer; solamente cinco familias perma- 
necían en la cumbre de la cuchilla; la pobla- 
ción había bajado á las praderas en busca de 
tierras más hospitalarias; las fuentes de agua 
se habían cegado; la vejetación escasa, se mo- 
ría de sed; no existían huertos ni sembrados; 
las viviendas se desmoronaban. La miseria rei- 
naba en el partido, miseria á la que no escapa- 
ban, ni los hacendados de la campaña, ni los 
labradores de la pradera, ni los leñadores del 
bosque. 

(1) Archivo General Administrativo. — Expediente obrado á soli- 
citud del Cura Párroco del Pintado 1). Santiago Figueredo sobre la 
nueva población de aquel, en el nominado de San Fernando de la 
Florida. Exposición del párroco ante la Junta de 1808. 



— :m - 


El nuevo párroco comprendió que el pue- 
blo de la Virgen estaba condenado á desapa- 
recer, si con sus feligreses no abandonaba la 
áspera é inhospitalaria cuchilla del Pintado, y 
sip vacilar tomó su determinación. Reunió á 
los vecinos, y previo un novenario rezado en 
honor de la Patrona de la Iglesia, redactó un 
memorial dirijido á la junta de gobierno de 
Montevideo elegida á raíz de los cabildos abier- 
tos de 21 de Setiembre de 1808, en el cual, des- 
cribía la dolorosa situación de su parroquia y 
pedía que el Cabildo cediera la estancia que 
poseía en las cercanías, entre los arroyos de 
Santa Lucía Chico y Pintado, á ñn de trasladar 
allí el pueblo y repartir tierra de laboreo entre 
los vecinos. 

El 25 de Febrero de 1809, el padre Figue- 
redo, que había bajado á Montevideo dispuesto 
á obtener el traslado de su sede parroquial, 
puso personalmente en manos de la junta de 
gobierno el extenso petitorio. «Si V. V. S. S. 
conceden estos terrenos, decía el párroco en 
su memoria, para fomentar los labradores, for- 
mar chacras y colocar en ellos la Parroquia, 
yo me lisongeo y me atrevo á asegurar á V. V . 
S. S. que antes de mucho tiempo se llegara á 
formar un pueblo de alguna consideración, que- 
dando á V. V. S. S. la satisfacción de haber pro- 
porcionado á tanto pobre un principio de feli- 
cidad, y á esta campaña una población extensa, 
de haber protegido la agricultura y fomentado 



la industria, y á mi la de haber llevado á mis 
feligreses hasta los umbrales de la felicidad». 

El mismo día, la junta de gobierno destinó 
el petitorio al Cabildo, á fin de que éste infor- 
mase al respecto. El caballero síndico Procu- 
rador de la ciudad, que lo era á la sazón, don 
Bernardo Suarez, se pronunció tres días des- 
pués en favor del memorial del párroco del 
Pintado. «La menor duda en decidirse por la 
solicitud del Presbítero Don Santiago Figue- 
redo, debe ser un delito», decía don Bernar- 
do en su extenso informe, en el cual expone 
lo que su propia experiencia personal le dicta 
apropósito de la situación de la campaña, y 
muy especialmente del partido del Pintado, 
«cuya situación verdaderamente desgraciada le 
ha merecido muchas lágrimas». ó) Concluía, 
pues, el Caballero Síndico, aconsejando al Cabil- 
do , cediera las tres suertes de estancia para la for- 
mación del nuevo pueblo, de las cuales, una le- 
gua de superficie se destinaría al pueblo y á su 
egido, y las dos restantes, á 240 chacras para 
adjudicar á los pobladores. 

El Cabildo, tomó en consideración el infor- 
me de su Sindico, y previa una introducción que 
es un prodigio de estilo culterano, en la cual se 
barajan las extravagantes citas del Extagirita 
con los textos de los Santos Padres y las leyes 
de Partidas, sin que falte el pasaje bíblico, aún 


(4) Archivo General Administrativo. — Expediente citado. 



— 40 — 


cuando no cuadre al caso, resolvió, para «sofo- 
car las aflicciones del párroco, fomentar y dar 
pábulo á su celo evangélico, cruzar un caos de 
tinieblas y barbarie á una multitud de hombres 
que pueden ser útiles al sacerdocio y al Impe- 
rio anhelando que se dediquen á la cultura y al 
comercio de esos campos consagrados á una 
pastura decadente y se abandonen los estériles 
fecundados de abrojos», conceder la propiedad 
de su estancia llamada «Rincón del Cabildo» 
situada en la horqueta del Santa Lucía y el Pin- 
tado, para la traslación del pueblo y parroquia 
bajo las condiciones establecidas en ocho cláu- 
sulas, en las cuales, además de prevenirse toda 
la legislación colonial en materia de fundación 
de pueblos y reparto de tierras, se dispone, en la 
1 . a , que el Párroco debería solicitar previamente 
del Diocesano el traslado de la parroquia, y en 
la 2. a que «en memoria y honor de nuestro au- 
gusto señor don Fernando VII, se intitulará la 
ciudad de la nueva población, San Fernando de 
la Florida, para distinguirla de San Fernando 
de Maldonado, con cuyo agregado se honrarán 
las cenizas del mejor Héroe Español el Exmo. 
Sr. Conde de Florida Blanca, primer presiden- 
te de la soberana y suprema junta Central de 
España y sus Indias». (1) 

Aprobada la cesión del Cabildo por la junta 
de gobierno, fueron comisionados el Caballero 


(1) Expediento citado. 



— 41 _ 


Síndico procurador de la ciudad, don Bernardo 
Suárez, y el comandante del regimiento de Vo- 
luntarios del Rio de la Plata, don Prudencio 
Murguiondo, para que con la asistencia del pá- 
rroco y peritos procedieran á delinear la nueva 
villa, deslindar sus solares, repartirlos entre 
los pobladores, etc. 

El Padre Figueredo se encargó de asesorar 
á los comisionados, fijó el sitio de erección de 
la Iglesia y sus anexos, cabildo, casa de poli- 
cía, etc., así como fué él quien en compañía 
de los funcionarios reales, procedió al reparto 
de solares entre sus feligreses y colocación de 
los mismos en sus tierras. 

No paró ahí el celo del párroco, pues su 
diligencia y liberalidad, consiguieron, con la 
ayuda de los vecinos, levantar en breve tiempo, 
varias poblaciones de adobe alrededor de la 
plaza mayor, delineada sobre el terreno, y edi- 
ficar, con singular rapidez, un rancho de mayo- 
res dimensiones con armadura de madera so- 
bre el frente, para sostener la campana. Aquella 
había de ser la nueva sede parroquial de Nues- 
tra Señora de Lujan del Pintado, cuya imagen, 
aguardaba aún en su antiguo santuario, la hora 
en que había de ser llevada en piadosa proce- 
sión á su nueva morada. 

Obra de romanos fué para el Padre Figuere- 
do, obtener la traslación de su sede parroquial 
al paraje fijado para la villa, y proceder á la for- 
mación del nuevo pueblo. Todavía en el Pintado, 



el 28 de Marzo de 1810, por cuarta vez urgía al Ca- 
bildo de Montevideo con estas palabras: «habien- 
do representado á S. E. por tercera ocasión la ne- 
cesidad de trasladar mi Parroquia á la nueva 
villa de San Fernando, solo ha obtenido un de- 
creto de 3 de Noviembre ppdo. en que me orde- 
na informe lo conveniente á cierta representa- 
ción hecha por cinco vecinos del Pintado, y 
presente las licencias originales de mi Prelado 
para la pretendida traslación, como lo he eje- 
cutado en 9 de Febrero pasado. En esta virtud, 
no me queda otro recurso que suplicar á Y. S. 
interponga con S. E. toda su representación, á 
fin de que preste su superior permiso para la 
ejecución de una empresa tan sencilla, como 
colocar una Iglesia provisional en San Fernan- 
do, y tan interesante como formar un Pueblo 
en la Campaña. Y. S. es el verdadero Padre de 
estos infelices que á la sombra de su favor bus- 
can su felicidad ; ellos han abandonado gusto- 
sos sus antiguos hogares por unirse en socie- 
dad, cooperando en esto á las benéficas inten- 
ciones de V. E. que seguramente quedarían del 
todo desairadas, sino se colocase en medio de 
ellos la fuente inagotable de auxilios espiritua- 
les, que como cristianos necesitan y desean. 
Es, pues, necesario, que V. S. recomiende mi 
solicitud, como merece, á S. E. interesándose 
en su pronto despacho». (1) 

Recién el 12 de Abril de 1811, cuando ya es- 


(1) Archivo General Administrativo de Montevideo. 



taba convulsionado el país y había corrido ya 
la primera sangre, daba cuenta el Padre Figue- 
redo al Cabildo de Montevideo, de la traslación 
y fijación definitiva de su parroquia en la nue- 
va villa de San Fernando de la Florida, y de la 
formación á la sombra de la primitiva Iglesia 
del nuevo pueblo : «Más. de trescientas almas, 
decía, habitan hoy lo que ayer era un desierto, 
y á la generosidad de V. E. debe este territorio 
ver colocada en su centro la fuente y manantial 
de los bienes espirituales que apetece todo cris- 
tiano. Formado ya este pueblo con la coloca- 
ción de la parroquia, que se verificó el día dos 
del corriente, es necesario un Juez que cele y 
cuide del buen orden». P> 

Y recién, por Real Cédula fechada en Cádiz 
á 11 de Agosto de 1811, Su Majestad, «el Rey Don 
Fernando VII, y en su ausencia y cautividad el 
Consejo de Regencia de España é Indias auto- 
rizado interinamente por las cortes generales 
y extraordinarias», fué aprobada la fundación 
de la Villa de San Fernando de la Florida y le- 
galmente autorizada su definitiva erección. 

Así fué fundada la actual población de la 
Florida, por el ilustre sacerdote don Santiago 
Figueredo, cuya estatua deberá ser erigida un 
día en la plaza, frente á la Iglesia que él delineó 
hace ya más de un siglo, como hpftifntye peren- 
ne de la histórica ciudad á su i^ú&tre fundador, 
y primer cura párroco. 

ti u ■■ 

(1) Archivo General Administrativo deAfontevideo. 



La hora propicia 


Cuchilla abajo, dando tumbos por la pe- 
dregosa ladera, marchó el convoy que abando- 
naba á la soledad del desierto las ruinas de la 
«Villa Vieja», en demanda del paraje donde 
había de levantarse la nueva población, siem- 
pre á la sombra tutelar de la Virgen María. 

Marcharía quizás al frente, la carreta que 
conducía el modesto altar con retablo, los obje- 
tos de culto, ornamentos, y muebles de la ca- 
pilla. La imagen Sagrada de la Virgen del Pin- 
tado debía ir también en la carreta. ¿Cómo lá 
habría dispuesto la diligencia y celo de su pá- 
rroco? ¿Iría, acaso, encajonada, como viajaba 
la taumaturga titular el día del milagro? ¿No 
habría sido colocada, mejor, como era costum- 
bre tradicional de la época, en el alto varal de la 
carreta, á fin de que presidiera y guiara la mar- 
cha de su pueblo á través del desierto? Detrás 
de la Virgen marcharía el párroco y los veci- 
nos y colonos, á pie unos, otros á caballo, for- 
mando pintoresca caravana ; carretas cargadas 
con muebles, ropas y utensilios ó conduciendo 
á niños y mujeres, formarían el pequeño con- 
voy; más lejos, marcharía el ganado, arreado 
por sus dueños. 

Así debió llegar el pequeño pueblo, en pos 
de su patrona, á su nuevo destino, donde ya se 
alzaba la humilde capilla de terrón y totora y 



las miseras viviendas. Allí halló por fin la ima- 
jen predestinada, el lugar donde debía realizar 
su obra de gracia, y cuando descansó en el ni- 
cho del nuevo santuario ya consagrado, y pudo 
ver á través de la amplia puerta de la capilla, 
las aguas del Santa Lucía, que corrían entre 
guijarros, al pié de la Piedra Alta, debió sentir 
sin duda la sagrada imagen, que había llegado 
la hora propicia para su pueblo. 

Alboreaba efectivamente la patria. Hacía 
tiempo que la gestación revolucionaria agitaba 
á la ciudad y á la campaña. Los pagos lejanos 
presentían la obra silenciosa que se realizaba 
en las ciudades virreynales. Hombres á cáballo 
cruzaban misteriosamente los campos, se de- 
tenían en los ranchos y poblados, y desapare- 
cían, con rumbo desconocido. 

Del sur, del norte, de los cuatro vientos, 
llegaban los misteriosos mensajeros, y detrás 
de ellos dejaban el azoramiento y la inquie- 
tud. Se pronunciaban palabras extrañas, y se 
hablaba de libertad y de patria. De los humil- 
des pulpitos de campaña, descendía sobre los 
feligreses, una elocuencia nueva y ardiente que 
confundía y dejaba perplejos á los tímidos pai- 
sanos. Se proclamaban nuevos derechos y se 
hablaba de futuras conquistas. Las arengas de 
los padres franciscanos de Montevideo, que ha- 
cían palidecer de coraje á Elio, se reproducían 
en los lejanos partidos. Los padres Martínez y 
Maestre, al norte, en Paysandú, el doctor Peña 



en la Colonia, don Tomás de Gomensoro en So- 
riano, don Gregorio Gómez, en San José, don 
Juan José Ximenez, en Minas, don Valentín Gó- 
mez y Porcel de Peralta en Canelones, don San- 
tiago Figueredo en la Florida, hablaban desde 
la cátedra á sus feligreses, de la patria del por- 
venir. La campaña ardía por los cuatro costa- 
dos. Los agentes revolucionarios se reunían en 
misteriosos conciliábulos, esperando al hombre 
providencial y la hora propicia. 

1810, fué el año de la gestación. El soldé Mayo 
no habí a alumbrado todavía la campiña oriental , 
donde la simiente revolucionaria hacía palpitar 
los surcos de la tierra fecundada. Solo se espe- 
raba la aparición del héroe, y este surjió al fin 
sobre el umbral del año 11. 

Artigas trae la buena nueva que todos los 
pagos esperan impacientes; viene á fundar la 
patria nueva y á entregarla á la democracia del 
porvenir. Los pueblos se congregan entonces 
tumultuosamente ; las gentes se arman de prisa ; 
se improvisan escuadrones y partidas, y toda la 
campaña marcha detrás de Artigas á la conquis- 
ta de la libertad anunciada. San José, Las Pie- 
dras, el sitio, son los primeros jalones de la 
epopeya que ha de desfilar frente á la pequeña 
Imagen de la Florida, que desde su nicho, ben- 
dice á los héroes que pasan sobre las colinas 
estremecidas. 



La Misa por la Patria 


El padre Figueredo, fue el agente de la Re- 
volución, en la extensa campaña de su parro- 
quia. Acaso el propio Artigas, que fué su amigo, 
vio en el párroco del Pintado, el pensamiento 
y la acción que mueven corazones y voluntades. 
El partido criollo, que desde 1809 se organizaba 
en Montevideo, le contó desde sus primeros 
días entre sus parciales. La humilde casa pa- 
rroquial del Pintado, fué ya ese año, teatro de 
las primeras reuniones secretas de patriotas. 
Los hermanos y primos del párroco, con don 
Francisco Meló, don Pedro Celestino Bauzá, 
don Joaquín Suarez, y otros vecinos del parti- 
do, se congregaban allí para enterarse de las 
comunicaciones recibidas de Montevideo, y ha- 
blar del porvenir. Aquellas reuniones, inspira- 
ban las ardientes exhortaciones del párroco á 
sus feligreses, y de ellas salían los patriotas, 
para sembrar entre sus compañeros la semilla 
de redención. 

Al primer grito de guerra, el pago de la 
Florida se puso en movimiento. El padre Fi- 
gueredo congregó á sus feligreses, y en breves 
días las ofrendas patrióticas llenaron la casa pa- 
rroquial. ó) Armas, dinero, vituallas, llegaron 

(1) Véase la lista de donativos, patrióticos recogidos por el Padre 
Figueredo, publicada por Don Justo Maeso, en su obra «Estudio sobre 
Artigas y su época», tomo III, pág. 242. 



— 48 — 


de todas partes, y junto con las dádivas, llega- 
ron también los hombres dispuestos á comba- 
tir por la patria y á marchar detrás de Artigas. 

El párroco veía cumplirse así su sueño. Sus 
ruegos constantes á su Señora y Patrona habían 
sido escuchados; el cielo protegía y bendecía 
la causa de la patria, y la Virgen, devolvía en 
realidades, la oblación espiritual de aquel pue- 
blo creyente, que con su pastor á la cabeza, 
oraba, hacía ya un año, por la libertad de la 
tierra Oriental. 

Una madrugada de Mayo de 1811, la peque- 
ña aldea de la Florida, vio formado en la plaza 
mayor, el primer escuadrón de patriotas ; las 
mujeres, los niños y los ancianos, se agrupa- 
ban emocionados, alrededor de los soldados de 
la patria; allí estaban, don Joaquín Suarez, don 
Rufino Bauzá, don Manuel Calleros, don Fran- 
cisco Meló. El doctor Figueredo se hallaba en- 
tre ellos, y disponía los detalles de la marcha. 

Cuando todo estuvo pronto, el párroco se di- 
rigió á la Iglesia, seguido de soldados y vecinos, 
se revistió junto al altar, y luego de arengar á su 
pueblo, é impetrar para sus armas la protec- 
ción de la Virgen María, cuya sagrada imagen 
recibía la ofrenda, celebró el Santo Sacrificio 
de la Misa sobre la humilde ara del Santuario. 
Aquella fué la primera misa por la patria. 

Horas después, el cura de la Florida, al 
frente de sus hombres, se incorporaba al Ejér- 
cito del Libertador, y recibía de manos de Arti- 



— 4 !) — 


gas el nombramiento de capellán de los Ejérci- 
tos de la Patria. 


La primera epopeya 

Quedó el Santuario sin ministro, y las ove- 
jas sin pastor. La Virgen tutelar de la comarca, 
vió que el pequeño escuadrón se alejaba y se per- 
día detrás del horizonte. Desde su nicho, la Ima- 
gen iba á asistir ahora á la primara epopeya 
libertadora. 

Erguida en el corazón del territorio, á sus 
piés iban á desfilar los héroes, ora á paso de 
victoria, ora al fúnebre doble de las derrotas 
sangrientas. Breves días después de la partida 
de su párroco, el viento había de traerle las re- 
sonancias de la batalla lejana, y el humo zahu- 
mado del triunfo de las Piedras. Mezcladas con 
el humo, llegarían también, las plegarias de sus 
hijos, que desde el campo de batalla, invoca- 
ban á la Virgen protectora. El padre Figuere- 
do, en medio del combate, en tanto curaba á 
los heridos, absolvía á los moribundos y se ba- 
tía en las guerrillas extremas, debió invocar 
constantemente á su Patrona, y recordar con 
gratitud el humilde templo que cobijó sus pri- 
meros sueños de redención. El Capellán de la 
futura Virgen nacional se cubrió de gloria en 
la batalla memorable; el propio Artigas, escri- 
bió en el parte oficial del combate, estas pala 



bras homéricas: «No olvidaré los distinguidos 
servicios de los presbíteros don José Valentín 
Gómez y don Santiago Figueredo, cura vicario, 
este de la Florida, y aquel de Canelones; ambos 
no contentos con haber colectado con celo va- 
rios donativos patrióticos, con haber sufrido 
las penosas marchas del ejército, participando 
de las fatigas del soldado, con haber ejercido 
las funciones de su sagrado ministerio en todas 
las ocasiones que fueron precisas, se convirtie- 
ron en el acto de la batalla en bravos campeo- 
nes, siendo de los primeros que avanzaron so- 
bre las filas enemigas con desprecio del peligro 
y como verdaderos militares». (1) 

Las esperanzas del sitio y las amarguras 
del abandono, llegaron luego hasta la Virgen 
Madre, quien vió desfilar por el horizonte, en 
la hora crepuscular del éxodo, al pueblo orien- 
tal, que marchaba detrás de Artigas, con rumbo 
á las soledades del Ayui. Vió luego á su pueblo 
abandonado á su suerte, combatir contra opre- 
sores v hermanos; le vió por fin entrar en la 
ciudad paterna, y también sobre la cumbrera 
de su santuario, vió flamear la bandera tricolor 
de 1815 , que anunciaba que los orientales eran 
libres. 

Pero del norte y del este llegaron los nue- 
vos invasores ; Montevideo se entregó inerme al 
nuevo señor, y Rivera y Barreiro, al frente del 

(1) Segundo parte de la batalla de las Piedras á la Junta de Bue- 
nos Aires. 



ejército de la patria, batidos en Paso de Cuello, 
acamparon á la sombra de la Iglesia de la Flo- 
rida, donde Fray Benito Lamas, ofreció el san- 
to sacrificio en el altar de la Virgen de Lujan. 

Artigas se revolvía en tanto en las provin- 
cias como un león herido; tronaban los vientos 
y las batallas agostaban la savia del pueblo 
oriental, que desnudo y ensangrentado, iba á 
caer por fin, después del largo martirio, en los 
campos desolados de Tacuarembó. Fué entonces 
que cayó sobre la tierra oriental la larga noche 
de cinco años, en que los héroes, como los fugiti- 
vos de Sión, invocarían á las orillas de los ríos 
y en las soledades del desierto, el nombre de la 
patria cautiva. 


1825 «Los héroes ante la Virgen 

1811 es el año clásico de la libertad orien- 
tal, pero 1825 es’ el de las grandes realidades 
redentoras; es el año de los 33, de la Asamblea 
de la Florida, de la declaratoria de la indepen- 
dencia, de Rincón y Sarandí. La libertad mar- 
cha esta vez á paso de carga. Lavalleja desem- 
barca el 19 de Abril con sus compañeros de glo- 
ria, en la Agraciada, para libertar la patria so- 
metida al Imperio del Brasil. El 21 obtiene la 
primera victoria en San Salvador; el 24 ocupa 
el pueblo de Soriano, y desde allí proclama á 
los pueblos sometidos. El 2 de Mayo, ya produ- 



cida la fusión con Rivera, San José ve entrar 
triunfantes á los libertadores ;_en dos jornadas 
caen sobre Guadalupe y enarbolan en el Cabil- 
do la bandera tricolor, y el 7 del mismo mes, 
Lavallej a saluda con una salva, desde la cumbre 
del Cerrito, á la ciudad paterna, sobre cuyos 
muros tremola la bandera del Imperio. 

Mientras Oribe y Calderón formalizan el 
asedio, Lavalleja, con un cuerpo de ejército, 
marcha sobre Florida, la ciudad predestinada, 
donde han de echarse los cimientos de la Repú- 
blica. Como en la primera epopeya, la antigua 
Virgen del Pintado, recibe la oblación de los hé- 
roes de 1825; Lavalleja que ha establecido su 
cuartel general en las inmediaciones de la Flo- 
rida, se postra, con sus compañeros de gloria, 
á los pies de la imagen venerada, y de nuevo 
el humilde oratorio, escucha las preces de los 
héroes, que oran por la libertad de la patria. 

Los pueblos han sido convocados para que 
constituyan un gobierno representativo provi- 
sorio. El 2 de Mayo, Lavalleja se ha dirijido á 
los Cabildos, para invitarlos á designar sus di- 
putados. La semilla republicana, sembrada por 
Artigas en la homérica época de la patria vieja, 
germina así nuevamente en la tierra oriental, 
al calor de la tradición, mantenida y proclama- 
da por Lavalleja y Rivera, herederos directos 
del espíritu del primer jefe de los Orientales. 

Soriano, Maldonado, San José, Guadalupe, 
Durazno, Colonia, invisten con el mandato po- 



pular á sus diputados, que marchan á través de 
la campaña convulsionada hacia la villa de la 
Virgen, que va á asistir al nuevo ensayo de go- 
bierno. Don Manuel Calleros, don Manuel Du- 
rán, don Francisco Joaquín Muñoz, don Loreto 
Gomensoro, don Juan José Vasquez, don Ga- 
briel Antonio Pereira, donjuán Pablo Laguna, 
llegan de los lejanos pagos, conduciendo los 
pliegos que los acreditan como representantes 
del pueblo Oriental. 

El 14 de Junio, los miembros del congreso 
patrio se reunieron en la casa de doña Ana 
Hernández, próxima á la Iglesia Parroquial y, 
declararon instalada la Asamblea Soberana, 
bajo la presidencia de don Manuel Calleros, el 
más anciano de los proceres. Lavalleja, com- 
pareció ante ella, y resignó en sus manos el po- 
der que ejercía de hecho; el noble guerrero 
reproduce en aquel momento épico, ante el 
Congreso, el ejemplo republicano del liberta- 
dor Artigas: «Mi autoridad emana de vosotros 
y cesa con vuestra presencia soberana», había 
dicho el Héroe á los diputados orientales de 
1813, y el jefe de los 33, se inclinaba ahora ante 
los diputados de 1825, «para ofrecer, dice el 
acta, el homenaje de su reconocimiento, res- 
peto y obediencia al Gobierno Provisorio» y 
«jurar ante los Padres de la Patria y ante el 
Cielo, observador de sus íntimos sentimientos, 
prodigar para salvarla hasta el último aliento, 
en unión de los bravos que trillaban la senda 
de la gloria y los peligros». 



A medio día, el brigadier Lavalleja y los 
miembros del gobierno provisorio, asistidos 
de los funcionarios civiles y jefes militares, y 
seguidos por el pueblo, que llenaba la plaza 
mayor de la Florida, donde formaba cuadro el 
ejército de la patria, se dirijieron á la iglesia 
parroquial, donde se cantó el solemne Te Deum 
y el párroco dió la bendición á héroes y pueblo. 

La bandera tricolor se inclinó entonces, 
por primera vez, ante la imagen sagrada de la 
Virgen titular de la iglesia, y proceres y solda- 
dos, doblaron reverentes la rodilla ante la fu- 
tura Patrona de la República. 

El gobierno de Junio instalado en la Flo- 
rida, capital provisoria del Estado, resolvió, 
después de promover á Lavalleja al cargo de 
Gobernador y Capitán General de la Provin- 
cia, convocar á los pueblos, para que eligieran 
diputados, á fin de constituir una asamblea 
legislativa y entregar á su decisión soberana, 
los destinos políticos déla provincia. Todas las 
parroquias respondieron á la convocatoria, y el 
20 de Agosto de 1825, se constituyó en la Florida, 
la memorable asamblea, la cual eligió para 
presidir sus sesiones, al ilustre sacerdote don 
Juan Francisco Larrobla, cura vicario de Gua- 
dalupe y patriota de la época de Artigas. 

En medio, pues, de la epopeya militar, el 
espíritu republicano y democrático, que siem- 
pre floreció vigorosamente en esta tierra, con- 
gregaba á los representantes de los pueblos, pa- 



ra proclamar por su intermedio la aspiración 
de los orientales. La asamblea de la Florida, co- 
mo el Gobierno provisorio de Junio, fué un con- 
greso de proceres civiles, donde el espíritu de- 
mocrático que sin una disonancia se ha mani- 
festado en todas nuestras agitaciones popula- 
res, desde los cabildos abiertos de 1808 hasta 
las primeras tentativas constitucionales de 1829, 
y desde los tiempos de Artigas hasta la hora 
presente, halló su fórmula concreta y perdu- 
rable. 

El gobierno provisorio resignó inmediata- 
mente el mando en la asamblea, la cual ratificó 
el mandato de Lavalleja, y asumió la función 
legislativa que le correspondía. El 25 de Agosto, 
la Asamblea se volvió á reunir en una humilde 
rancho de terrón y «palo á pique, techo de paja 
y piso de tierra, de 4 y */ 2 varas de ancho por 6 
de largo, contiguo ó la Iglesia vieja de la en- 
tonces villa de la Florida». (1 ) Era esta la mis- 
ma casa de doña Ana Hernández, donde había 
sesionado el gobierno provisorio, presidido por 
Calleros. La mísera sala no tenía más mue- 
bles que una mesa con recado de escribir y al- 
gunos asientos de madera. En el testero de la 
sala, pendía del muro un tosco santo Cristo de 
talla, ante el cual, el general Lavalleja, había 
jurado fidelidad áDios y á la Patria, al recibir, 
el 22 de Junio, la in vestidura de Gobernador y 
Capitán General de la Provincia. 

(1) Orestes Araujo. 



Al mediar el día, entró á deliberar la asam- 
blea de proceres; el padre Larrobla ocupó la 
presidencia asistido del secretario don Felipe 
Alvarez Bengochea; los convencionales se dis- 
tribuyeron en los modestos asientos. Había lle- 
gado la hora decisiva para la provincia; la ac- 
ción militar de los caudillos, iba á ser confir- 
mada por el voto solemne de la asamblea po- 
pular. 

El debate fue breve; los documentos que 
concretaron la decisión soberana, poseen la viril 
sencillez de las proclamas legendarias. Las dos 
actas del 25 de Agosto, reflejan en sus cláusulas 
homéricas, la indomable altivez y la fiera ener- 
gía del pueblo redimido. La primera, constituye 
la declaratoria de la independencia de la Pro- 
vincia Oriental del dominio del Emperador del 
Brasil, y de cualquier otro monarca de la tie- 
rra; la segunda, dispone su reincorporación al 
núcleo de las provincias unidas, al que la había 
arrebatado la conjuración de 1816, que puso en 
peligro los destinos de la democracia en el Río 
de la Plata. 

Sancionadas ambas leyes, y resueltos los 
destinos de la patria, los convencionales de 1825, 
con su presidente á la cabeza, y acompañados 
de los funcionarios civiles del gobierno y de los 
jefes militares, se dirijieron en corporación á 
la Iglesia parroquial, para implorar del Señor 
de las gentes, días de gloria y prosperidad pa- 
ra la patria, y poner bajo la protección de la 



— 57 — 


Madre de Dios, la obra cuyos cimientos acaba- 
ban de ser colocados. 

La antigua Imagen del Pintado, vió enton- 
ces, nuevamente postrados á sus piés, á los re- 
presentantes de su pueblo, y hasta ella subieron 
las oraciones de los Convencionales de Agosto, 
como habían subido las de los proceres del go- 
bierno de Junio, cuando, con Lavalleja y sus 
compañeros de gloria, fueron á inclinar la ban- 
dera tricolor ante la Virgen, ungida por el culto 
de héroes y de mártires, y venerada hoy, como 
el símbolo de la redención del pueblo Oriental 
y urna de sus sagradas tradiciones. 

Luego, el concurso seguido por el pueblo, se 
dirigió, según cuenta la tradición, á la Piedra 
Alta, desde cuya cumbre se leyeron las dos ac- 
tas, y se entregó á los vientos que corrían sobre 
la llanura, la promesa de libertad que sus re- 
presentantes y caudillos hacían al pueblo orien- 
tal. Las batallas de Rincón y Sarandí, confir- 
marían, poco después, la solemne promesa, y 
abrirían á los ejércitos hermanos, las fronteras 
de la patria, para terminar la obra de redención 
y entregar la República constituida á sus des- 
tinos. 



— 58 — 


Tradición é Historia 

El culto rendido por nuestros héroes á la 
Imagen de la Florida, si bien puede probarse 
en muchas de sus manifestaciones, en otras so- 
lamente la tradición ó la inducción nos autori- 
zan á hacer afirmaciones. La tradición tiene, sin 
embargo, en esta ocasión, todos los caracteres 
de veracidad indispensables para que se la acep- 
te como elemento de juicio histórico. 

La época de la independencia, no concebía 
ceremonia oficial que tuviera carácter solemne, 
sin que fuera acompañada por las bendiciones 
de la Iglesia. Eran aquellos, los tiempos de Dios 
y de la patria ; los actos de recordación y los 
días de júbilo, se celebraban en la plaza y en el 
templo. Mandatarios y caudillos suscribían los 
documentos memorables, y luego, iban á doblar 
la rodilla ante el Santuario, y á implorar al Se- 
ñor de las gentes, la libertad y la grandeza para 
sus pueblos. 

Los orientales entran en 1815 en Montevi- 
deo, después de cuatro años de lucha, y el pri- 
mer acto oficial de Otorgues y el primer Cabildo 
patrio, es ordenar la celebración de un TeDeum, 
en la Iglesia Matriz, para dar gracias al Cielo 
por el triunfo de Artigas; cuando en 1829, la 
ciudad paterna ve entrar vencedores por segun- 
da vez á sus hijos, se reproduce la solemnidad 
religiosa de 1815; en 1817, en plena guerra, cuan- 
do Rivera y Barreiro se retiraban ante Leeor 



que hacía su primera salida de la plaza, Rivera 
dispone se celebre, según lo cuenta Fray Benito 
Lamas, con una misa campal, la reconquista 
del reino de Chile y el día del santo del Liberta- 
dor; en 1815 y en 1829, antes de que por prime- 
ra vez tremolen las banderas de la patria, se 
las lleva en solemne procesión al templo para 
que sean bendecidas ante el Sagrario; cuando 
se juró la constitución de 1830, los convencio- 
nales y el gobierno, van á postrarse ante el Se- 
ñor y á t pedir luces al Espíritu Santo ; posterior- 
mente, y casi hasta nuestros días, todas las so- 
lemnidades oficiales, se confunden con las cere- 
monias de la Iglesia, como se confunden en el 
corazón del hombre, la fe y el sentimiento de la 
patria. 

De muchos de esos actos quedó constancia 
en documentos históricos; de otros, solo la tra- 
dición conservó el recuerdo ; en este caso, están 
las ceremonias religiosas celebradas en 1825 
ante el altar de la Virgen déla Florida. Pero la 
tradición del culto histórico llega hasta nos- 
otros por buena fuente. Ya es Rivera que en sus 
primeras disenciones civiles, invoca en sus pro- 
clamas de guerra a la Virgen tutelar de la Re- 
pública ; ya es Oribe, el segundo jefe de los 33, 
que en 1857, ofrenda á la histórica Imagen la co- 
rona de oro que ciñe sus sienes ; ya es la viuda de 
D. Atanasio Sierra, uno de los cruzados de 1825, 
que dona una cuantiosa suma para que se erija 
un nuevo Santuario á la Imagen, ya es por fin 



— (¡O — 


la devoción popular, que reverencia á la efigie, 
como reliquia venerada, y levanta en su honor, 
el magnífico templo que hoy la cobija. 

La Iglesia conserva y trasmite la tradición 
por boca de sus Prelados y dignatarios. Monse- 
ñor Yéregui, en su carta pastoral, de 30 de 
Mayo de 1887, ordena que «se conserve cuida- 
dosamente, como objeto de tradición, la Imagen 
de Nuestra Señora de Luján que se veneraba en 
la antigua Villa sita en el Pintado»; Monseñor 
Soler, en su carta pastoral de 21 de Mayo de 
1894, reitera la orden de Monseñor Yéregui á 
fin de que «la venerada Imagen de la antigua 
parroquia de la Florida sea decentemente con- 
servada en lugar preferente, puesto que la con- 
sideramos por su antigüedad y misión patrióti- 
ca como un trasunto clásico de la efigie tauma- 
turga que se venera en el Santuario de Luján». (1 ) 
El ilustre Prelado estampa en ese mismo do- 
cumento la tradición popular: «La Villa de la 
Florida, cuna de nuestra independencia, tiene 
por titular á María de Luján, siendo ante su ve- 
nerada Imagen que imploraron los convencio- 
nales uruguayos la protección divina, al decla- 
rar libre é independiente á la joven República». 
En su nueva pastoral, de 25 de Agosto de 1895, 

(1) En 1892 la histórica Imagen que presidia el altar mayor de la 
Iglesia de la Florida fue sustituida por otra Imagen de mayor talla, 
siendo entonces trasladada por disposición del Diosesano á un peque- 
ño retablo que se llalla sobre el muro de la izquierda del templo, debajo 
del cual se colocó una lápida de mármol con la conocida inscripción 
redactada por Monseñor Soler. 



— til — 


escrita con motivo de la gran peregrinación á 
Lujan, vuelve á referirse á la tradición de 1825 
con éstas palabras relativas á la imagen: «Pa- 
ra los uruguayos es imposible pensar en ella 
sin que se agolpen á la mente los más preciosos 
recuerdos de la patria, tales como la cruzada 
de los 33 y la proclamación de la independen- 
cia nacional». 

Monseñor Nicolás Luquese, Vicario Gene- 
ral de la Arquidiócesis, y Monseñor Eusebio de 
León, Capellán G. del Ejército, repiten con elo- 
cuentes palabras la tradición de 1825, que halla 
confirmación categórica en la instrucción pas- 
toral de Monseñor Soler de 5 de Setiembre de 
1895 que termina así: «María de Luján escogió 
para sí un pueblo entre los pueblos de la Banda 
Oriental, del cual quiso ser titular y tutelar, 
quedando por esto mismo predestinado para 
desempeñar en la historia patria un papel que 
le envidiara la misma Montevideo. Asi, pues, el 
templo de la ciudad de la Florida, hoy magni- 
fico, está dedicado desde la fundación de la pa- 
triótica villa, á la Santísima Virgen de Luján, y 
la antigua imagen que allí se venera, como re- 
liquia de los tiempos legendarios de nuestra in- 
dependencia nacional, recuerda grandes glo- 
rias para la patria. Ante ella los 33 orientales 
de la homérica cruzada libertadora inclinaron 
la gloriosa bandera tricolor, que había flamea- 
do por los campos de la patria anunciando la 
emancipación de 1825; y cuando esta se consu- 



mó, fué ante esa misma Imagen de María de Lu- 
jan, que imploraron los auspicios divinos los 
gloriosos convencionales del Congreso de la 
Florida, al proclamar definitivamente la inde- 
pendencia uruguaya. Nacimos por tanto á la 
vida de nación libre é independiente, bajo los 
auspicios y protección de la querida Virgen de 
Lujan. Por ello será eterna nuestra gratitud y 
ella será el paladión sagrado de nuestra inde- 
pendencia y de nuestros destinos como nación 
católica». 

Y por fin, como ratificación solemne de lo 
que el ilustre Prelado sostuvo en pastorales y 
documentos diocesanos, existe el auto de 1892 
que manda colocar al pié de la Virgen de la 
Florida la lápida de mármol que consagra y 
proclama la tradición nacional: 

Esta Imagen de Nuestra Señora de Luján 
fué venerada en la primitiva 
Capilla del Pintado, 
ante ella los Treinta Tres 
inclinaron la bandera tricolor 
é envocáronla también los convencionales 
de la independencia. 


La Sanción Popular 

El pueblo católico oriental ha aceptado la 
tradición patriótica y la ha sancionado con he- 
chos memorables. El 29 de Mayo de 1887, la po- 
blación de la Florida puso la piedra angular 



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del nuevo templo que había de sustituir á la 
humilde capilla de 1825. La nueva iglesia se 
erigió en la plaza de la Florida, frente al monu- 
mento á la independencia. Se vinculaban así 
nuevamente, á través del tiempo, los dos gran- 
des sentimientos nacionales en sus símbolos 
perdurables, el de piedra, levantado por las ge- 
neraciones nuevas, y la humilde imagen de ta- 
lla, conservada y trasmitida por los hombres 
que hicieron la patria. Ambos se complementa- 
ban en el corazón del pueblo oriental, que años 
más tarde, iría en peregrinaciones resonantes, 
á depositar al pié de la Virgen, y al pié dél mo- 
numento, la ofrenda de las plegarias propicia- 
torias y el tributo cívico de las grandes palpi- 
taciones nacionales. 

Los hombres nuevos, acuden ahora al san- 
tuario, donde los héroes oraron por la patria. 
Los nuevos ideales, las nuevas inquietudes, las 
eternas aspiraciones, ungen con el oleo popular 
la imagen bendita de María Inmaculada. Los 
corazones exaltados por la fe y movidos por 
los grandes recuerdos del pasado, buscan en- 
tonces la fórmula solemne del culto cívico reli- 
gioso, y es en la hora matinal de las grandes es- 
peranzas promisoras, cuando surge esta fórmu- 
la instintiva: Virgen de los Treinta y Tres. 

Si, Virgen de los Treinta y Tres; espíritu 
tutelar de la patria; símbolo de todas las gran- 
dezas y de todas las glorias; urna de todas las 
tradiciones y de todos los recuerdos. No es ne- 



cesario que los papeles deleznables nos digan 
que ante tí se inclinaron banderas, se postraron 
soldados victoriosos y se juraron patrias verda- 
des. Es bastante saber que estabas allí, en el 
santuario memorable, cuando sonaban los cla- 
rines de la libertad y se libraban las batallas 
decisivas; nos basta saber que ante ti desfilaba 
la epopeya y que tu pusiste sobre sus angustias 
y victorias tu protección soberana. Eras el eje 
y la fuerza de ese año 25 ; te envolvía el humo 
de sus combates y te extremecía la voz de 
sus proceres, que á un paso de tu altar, dis- 
cutían sobre los destinos de la patria, y mode- 
laban en arcilla democrática las instituciones 
de la República. En tu propio solar, bajo tu mi- 
rada propicia, se colocaron, Madre y Señora, 
los sillares de la nacionalidad recién creada. 
Tú, que habías visto nacer á tu pueblo y le 
habías acompañado y protegido en los largos 
días del desierto; Tú que habías armado su 
brazo y coronado su frente núbil en los días de 
la primera independencia ; Tú, tenias que ser, 
Señora, la fuerza invisible, que en la hora in- 
mortal, tocó á rebato en todos los corazones 
orientales. 

Eso eres Tú, Virgen Nacional, Virgen de 
los Treinta y Tres, promesa siempre renovada 
en los tiempos de la tierra cautiva, y realidad 
explendorosa del pueblo libre, que te ha ele- 
gido su Reina y Señora. 



Capellanes de la Uirgen de los treinta y tres, des- 
de la erección de la Ulce Parroquia de nuestra 
Señora de Cuján del Pintado, en 1700, basta 
nuestros días. 


Presbítero Don Juan Manuel Morilla, 1790-1702. 

Rdo. P. Fray Josep Pelliza, de la Orden de Santo Domingo, 
1792 - 1794. 

Rdo. P. Fray Matías Neira, de la Orden de Santo Domingo, 
1794. 

Rdo. P. Fray Gregorio Torres, 1794 - 1790. 

Presbítero Don Andrés Barreiro, 1790- 1799. 

Rdo. P. Fray Esteban Porcel de Peralta, de la Orden de la 
Merced, 1799. 

Rdo. P. Fray Agustín Vicente, de la Orden de San Francis- 
co, 1799-1800. 

Rdo. P. Fray Manuel de Salara, de la Orden de San Fran- 
cisco, 1800. 

Rdo. P. Fray Mariano Ortiz, de ia Orden de Santo Domin- 
go, 1801. 

Rdo. P. F ray Alatías Neira, de la Orden de Santo Domin- 
go, 1801. 

Rdo. P. fray Julián Cires, de la Orden de Santo Domin- 
go, 1801 - 1802. 

Rdo. P. Fray Josep Román Orela, de la Orden de Santo 
Domingo, 1802 - 1803. 

Rdo. P. 1" ray Mariano Ortiz, de la Orden de Santo Domin- 
go, 1803. 

Rdo. P. Fray Domingo Pizarro, de la Orden de Santo Do- 
mingo, 1803. 

Presbítero Don León Porcel de Peralta, 1803 - 1808. 

» Doctor Don Santiago Figueredo, 1808-1811. 

» Don Francisco Rafael Oubiña, 181 1 - 1829. 



— 66 — 


ltdo. P. Fray Juan de los Remedios, 1829- 1832. 
Presbítero Don Isidro Mentasti, 1832-1838. 

» Don José de Lara, 1838 - 1840. • 

» Don Alonso Menendez, 1840 - 1857. 

» Doctor Don Francisco Magesté, 1857 - 1800. 
» Don José Letamendi, 1860-1862. 

» Don Félix María Berardi, 1862-1864. 

» Don Juan B. Bollo, 1864 - 1871. 

» Don Esteban A. de León, 1871 - 1875. 

» Doctor Don Norberto Betancur, 1875 - 1882. 
» Don Francisco Mujica, 1882 - 1888. 

» Don Gerónimo Florit, 1888-1891. 

» Doctor Don Pío C. Stella, 1891. 

» Don Salvador Capobianco, U) 1891-1908. 

» Don Crisanto M. López y López, (2) 1908. 


(1) Durante la administración parroquial de este benemérito sa- 
cerdote, se iniciaron las peregrinaciones patriótico - religiosas, al San- 
tuario de la Virgen de los Treinta y Tres, de las cuales fué el llorado 
párroco, propagandista y cooperador generoso y entusiasta. 

(2) A la diligencia de este dignísimo sacerdote, que desempeña 
actualmente el cargo de Cura Vicario de la Florida, se del* i a c elec- 
ción de esta interesante nómina de los Capellanes dé la Virgen d< Tos 
Treinta y Tres. 



ÍNDICE 


Pag-. 

E! culto de las imágenes o 

Ei culto de la Virgen en el Uruguay 7 

Las imágenes tradicionales 11 

La Virgen de los Treinta y Tres 14 

Una pequeña obra de arte. 16 

Lo que dice la tradición 20 

Lo que dice la historia 22 

El Pintado 2o 

La Parroquia de Luján del Pintado 31 

El Padre Figueredo 34 

La fundación de la Florida 37 

La hora propicia 44 

La misa por la patria 47 

La primera epopeya 49 

1825 — Lós héroes ante la Virgen 51 

Tradición é historia 58 

La sanción popular 62